Por qué pido el voto por Juanma Moreno en Andalucía
Recomendar el voto ajeno reviste la comodidad de las apuestas pagadas con el dinero del vecino. Ejerzo de tertuliano desde el balcón. O de cura laico que administra absoluciones en una parroquia donde no está empadronado. La conciencia se relaja mucho cuando la urna pertenece a los demás. No soy andaluz, no votaré el domingo, y desde esas mismas comunidades puedo recomendar la opción de Juanma Moreno y desear, incluso, que la victoria se produzca con los números de la mayoría absoluta.
Es la mejor manera de evitar que el Palacio de San Telmo se convierta en el salón de juegos de Vox. La aritmética identifica aquí una frontera moral. Si Moreno no alcanza los cincuenta y cinco escaños, resulta que el Gobierno de la región hipoteca su programa a la doctrina oscurantista de la ultraderecha.
Andalucía no necesita una derecha intervenida por sus propios fantasmas. Vox no mejora los gobiernos, les añade ruido, rigidez, nostalgia mal digerida y una afición casi recreativa al conflicto. Entra en las instituciones como quien prorrumpe en una habitación encendiendo todas las luces, no para ver mejor, sino para impedir que nadie descanse ni concilie el sueño.
De hecho, la mayoría absoluta, sensible tantas veces a los engranajes del rodillo, no implica en este caso una ambición de poder, sino el único antídoto contra el chantaje de quienes convierten en trinchera las normas de convivencia. Solo una victoria rotunda garantiza que Andalucía respire sin el asma de la reacción y sin la regresión de los fluidos xenófobos y confesionales.
Aclaro que no voto al PP en Madrid ni concedería mi papeleta al populismo castizo de Ayuso. La emperatriz de Lavapiés ha hecho de la estridencia su marca registrada y de la crispación una forma de gobierno. El propio Moreno, consciente de que el ruido madrileño envenena el agua del Guadalquivir, ha desaconsejado discretamente el desembarco de la presidenta en la campaña andaluza. Cortesía del jardinero que conoce las plantas incómodas de trasplantar.
Moreno ha demostrado que la mayoría absoluta puede dejar de funcionar como régimen sectario y clientelar. La ejerció con sordina y sin embriagueces. Evitó el ademán épico al que se inclina la derecha cuando se siente respaldada por las urnas. La templanza, virtud sospechosa en política española, le ha permitido ensanchar el electorado por el centro hasta arrebatarle a Montero la izquierda templada que ya no se reconoce en la pulsión cainita del sanchismo.
Ha atraído Moreno a socialistas que no se han vuelto conservadores, sino huérfanos. Votantes que reconocen en la Moncloa y en Ferraz una forma de insolidaridad disfrazada de progreso, una ocupación patrimonial del Estado, una moralidad variable según convenga al día. Andalucía fue durante décadas una propiedad sentimental del PSOE. Moreno no la conquistó con un asalto, sino con una mudanza lenta del sentido común.
Un lúcido columnista hispalense me decía que Moreno representa al antiguo PSOE sin que nadie se haya dado cuenta. La hipérbole subraya la continuidad institucional y retrata la posición gregaria de María Jesús Montero, cuya campaña se resiente del apadrinamiento de Sánchez y de su propia negligencia.
Lo demuestra la manera de abordar la muerte de los guardias civiles en Barbate. No ya por la clasificación administrativa e indecente del "accidente laboral", sino porque esa misma distracción aspiraba a exonerar la responsabilidad de Interior cuando se denuncia la falta de medios y el abandono. No era un desliz, era un encubrimiento.
Malograba así Montero la bala de plata que podía quedarle en el cargador. O se la disparaba a sí misma en el desenlace de una carrera hacia el matadero que desnutre de la dignidad del socialismo a fuerza de venderle el alma a la extorsión nacionalista.
No podía haber encontrado Moreno una adversaria tan propicia a sus intereses electorales, más todavía cuando la sobrepresencia de Sánchez en siete mítines identifica el linaje y la perversión. Al contrario, se ha cuidado el presidente andaluz de buscar el apadrinamiento de Feijóo o la colaboración de los barones regionales que han asumido la doctrina de la prioridad nacional.
Votar a Moreno no exige entusiasmo, sino una forma adulta de resignación activa. Mejor una mayoría absoluta responsable que una mayoría mutilada por Vox. Y mejor un presidente aburrido en apariencia que una campaña convertida en hoguera perpetua. A veces la moderación no enamora porque no sabe cantar. Pero gobierna. Y en tiempos de polarización, gobernar sin incendiarlo todo empieza a caracterizar una posición admirable.
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