Trump contra todos: dentro de la Casa Blanca cuando España pasó a ser el problema
Crónica desde Washington: El regreso y las tensiones
El día del retorno
Me encontraba nuevamente en la Casa Blanca el 20 de enero de 2025 para informar sobre la segunda investidura de Donald Trump. La capital despertaba con un aire gélido y una atmósfera cargada de anticipación, perceptible en cada punto de control. Poco después de tomar posesión, Trump... accedió al Despacho Oval. Yo formaba parte del pequeño grupo de prensa admitido. Lo vi detenerse, esbozar una sonrisa de triunfo y escudriñar la estancia que Joe Biden había ocupado hasta hacía horas. Regresaba al mismo sitio tras un ciclo de cuatro años. No se apreciaba nostalgia. La impresión era diferente: resarcimiento, determinación y la sensación de asuntos por resolver.
Primeras señales de conflicto
Pronto se hizo patente. El entusiasmo de sus partidarios chocaba con el malestar generalizado, especialmente entre cuerpos diplomáticos y oficiales foráneos. Como corresponsal de ABC en Washington desde 2018, era consciente de que España podía entrar en esa lista no oficial de descontentos. En su anterior etapa no hubo enfrentamientos graves, salvo algunos incidentes peculiares, como la propuesta de construir un muro en el Sáhara. Pero ahora el clima era otro. En los inicios de su nuevo mandato, España se vio sorprendentemente en el punto de mira.
La primera advertencia
La señal inicial llegó ese mismo día, poco después del juramento. En una ronda de preguntas, le interpelé sobre el incumplimiento del objetivo del 2% de gasto en Defensa para la OTAN, mencionando específicamente a España y Francia. Trump dejó el bolígrafo, alzó la vista y afirmó: «España, muy muy bajo», antes de torcer abruptamente su réplica.
«España es un país BRICS. ¿Sabes lo que es un país BRICS? Ya lo descubrirás», añadió desde el escritorio presidencial. Un silencio incómodo llenó la sala. España no pertenece a los BRICS; es miembro de la OTAN y la UE. Algunos asesores bajaron la mirada. Colegas periodistas me observaron con perplejidad. Trump continuó hablando de aranceles punitivos, incluso del 100%, para quienes comerciaran con ciertas naciones. No se sabía si era un error o una provocación. Pero el mensaje ya estaba lanzado.
Repercusiones inmediatas
Aquella declaración desencadenó contactos urgentes entre Washington y Madrid. Esa noche, mientras finalizaba mi crónica, altos funcionarios españoles buscaban aclaraciones, contexto y trataban de calibrar lo sucedido. Al día siguiente, la portavoz del Gobierno, Pilar Alegría, salió a aclarar lo obvio: España no es parte de los BRICS. Reafirmó la alianza en la OTAN y describió a EE.UU. como «aliado natural». Nunca antes un presidente norteamericano había apuntado así a España. No fue un desliz. Fue una advertencia.
La escalada
Trump demostró querer ir más allá. Meses después, en una cumbre extraordinaria, presionó a la OTAN para adoptar una meta de gasto del 5% del PIB. La mayoría cedió. España no. La delegación de Pedro Sánchez pactó un 2,1% a última hora, presentándolo como suficiente. En Washington se leyó como un desafío. Trump lo tomó como algo personal.
El 9 de octubre, junto al presidente finlandés Alexander Stubb, Trump volvió a citar a España sin que se lo preguntaran. «Quizá habría que expulsarlos de la OTAN», dijo. No había base legal, pero sí una humillación pública. España quedaba como ejemplo negativo ante la prensa global.
De la retórica a la amenaza
Cinco días después, ante Javier Milei y tras una pregunta de la agencia EFE, Trump fue más directo. Afirmó que España era el único país que no aceptaba el 5%, tachó su postura de irrespetuosa y anunció que estudiaba castigos comerciales vía aranceles. Ya no era solo retórica. Era una amenaza concreta, con posibles daños económicos.
El 17 de octubre, con Volodímir Zelenski en la Casa Blanca, esperé a que terminaran las preguntas sobre Ucrania. Cuando me dieron turno, volví a preguntar por España. Trump respondió molesto, habló de deslealtad y repitió las amenazas, admitiendo implícitamente que no tenía claro cómo aplicarlas. Al recordarle que el Tratado no permite expulsiones y que España está protegida por el marco comercial de la UE, se irritó. Dijo que eso era «interesante». No se retractó. España quedaba marcada como un problema.
El ataque al mensajero
Trump siempre ha tenido una relación tensa con la prensa. Lo inesperado fue la reacción desde España. No por las palabras del presidente estadounidense, sino por haberlas preguntado. Desde Bruselas, la ministra de Defensa, Margarita Robles, acusó a los periodistas de hacer preguntas «con respuesta implícita». El mensaje era perturbador: el problema no era el poder, sino la pregunta.
Luego vino la señalización directa. El ministro de Transportes, Óscar Puente, me acusó en redes de usar mi acreditación para actuar contra España. Desde cuentas oficiales se amplificaron ataques personales, se pidió retirar credenciales y en la televisión pública se negó mi condición de periodista. Todo por preguntar y relatar los hechos. El Gobierno no respondió a Trump. Señaló al mensajero iesvilladefirgas.es.
El ministro Óscar Puente fue el primero de una serie de cargos que acusaron al corresponsal de ABC de usar su acreditación para atacar a su país. El problema no era Trump o el poder, sino la pregunta y quien la formulaba.
El contexto en Washington
Mientras, en Washington seguía el pulso. Fuentes de la Casa Blanca confirmaban que se evaluaban sanciones selectivas al margen de la UE. En el Senado se ponía en duda el compromiso español con la seguridad común. Y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, desautorizó públicamente al Gobierno español desde la Casa Blanca al afirmar que España no puede cumplir sus capacidades militares con menos del 3,5% del PIB, algo que reiteró tras una pregunta de este diario.
Otra pregunta incómoda: Maduro
Las preguntas importaban. Ese mismo día, en la sala del Gabinete, volví a interpelar a Trump sobre Nicolás Maduro. Algunos colegas se impacientaban al verme insistir sobre Venezuela. Yo percibía movimientos preocupantes que otros preferían ignorar.
Trump respondió de forma brusca, incluyendo un «no debe ir jodiendo con los Estados Unidos de América», dicho literalmente. Su portavoz, Karoline Leavitt, nos sacó de la sala de inmediato, entre risas nerviosas. Nunca antes se había usado ese lenguaje allí, y menos ante un jefe de Estado extranjero.
No fue un arranque. Minutos antes se hablaba de misiles, guerra y fuerza. Había ofertas desesperadas de Maduro sobre la mesa. Trump las confirmó y cerró con una frase que heló el ambiente. J. D. Vance quedó inmóvil. Marco Rubio contuvo una sonrisa tensa. Pete Hegseth intercambió miradas con el general Dan Caine. Zelenski observaba, consciente de que algo se salía del guion.
Al salir comprendí que no había sido solo una grosería. En la Casa Blanca de Trump, el lenguaje no suaviza la política exterior: la condensa. La pregunta fue incómoda. La respuesta, cruda. Y por eso mismo, reveladora. En poco más de dos meses, Maduro sería extraído por la fuerza y trasladado a Nueva York bajo custodia militar estadounidense.
Reflexión final: La ambigüedad del poder
Aquel día de enero de 2025, al salir de la Casa Blanca, me planteé una cuestión que aún persiste. ¿En qué medida Trump es exactamente lo que aparenta, y en qué medida es algo diferente? Es el presidente que desacredita a los medios en público, que insulta, provoca y nos lleva al límite. Pero es también el mismo que, acto seguido, concede acceso sin filtros, permite repreguntar, insistir, incomodar.
Nunca imaginé poder cuestionarle más de diez veces en pocos meses, ni obtener respuestas sustanciales con consecuencias reales. La hostilidad era evidente, pero también lo era una forma tosca, casi contradictoria, de transparencia. Trump ataca a la prensa como concepto, pero utiliza a los periodistas como instrumento.
Esta ambigüedad define su política general. Ha llevado a Estados Unidos por una vía expansiva, a veces beligerante, con amenazas a la OTAN, aspiraciones sobre Groenlandia y un discurso de fuerza constante. Y, sin embargo, ha logrado mayor inversión militar aliada, más integración económica en Occidente y menos complacencia con dictaduras como China o Rusia. ¿Quién es realmente Donald Trump?
Quedan tres años por delante y ni él mismo parece tener una respuesta definitiva. Da la impresión de que sigue buscándose, del mismo modo que obliga a los demás a definirse frente a él. Tal vez ahí esté la clave de este tiempo convulso: un liderazgo que incomoda, desordena y quiebra normas, pero que al hacerlo saca a la luz verdades que muchos preferirían no ver.
Contenido original en https://www.abc.es/internacional/trump-dentro-casa-blanca-espana-paso-problema-20260125025440-nt.html
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