Los verdugos son los buenos

📅 15/02/2026

Los fantasmas de la tiranía

Algunas naciones progresan; otras se estancan. Existen aquellas —como una Venezuela cautiva— donde los opresores se transforman con aire didáctico y aspiran a ser vistos como salvadores. En esa tierra ficticia, que se asemeja inquietantemente a la nuestra, sucede algo peculiar: los espectros del terror no perecen. Simplemente cambian de residencia.

Una leyenda incómoda

Relata la tradición oral —de esas que perturban por revelar realidades— que la esencia maligna de antiguos torturados, como el notorio Nereo Pacheco de la era de Juan Vicente Gómez, quien sometía a los disidentes a suplicios atroces, ha encontrado un nuevo hogar. No llegó solo. Lo acompañan las sombras de figuras como Pedro Estrada, el director de la seguridad durante Pérez Jiménez, maestro en el arte del hostigamiento y el terror institucionalizado. También ronda el espectro de Eustoquio Gómez, familiar del dictador, y el de Miguel Silvio Sanz, quien aplicaba personalmente los tormentos más crueles.

Todos ellos, veteranos del horror, habrían pactado —siempre según este relato— ocupar los cuerpos de quienes hoy distribuyen condenas, emiten juicios absolutos y gestionan la barbarie con terminología administrativa. Otro receptor de esta posesión sería el autoritario Diosdado Cabello. No actúan en solitario: son guiados. No toman decisiones: ejecutan órdenes de esos espectros que, en la oscuridad, dialogan como antiguos compañeros de profesión, envanecidos por su labor.

La crueldad con nuevo disfraz

Puede imaginárselos burlándose en privado de los jóvenes masacrados, no con risotadas, sino con esa ironía gélida del victimario complacido. Recuerdan con desdén la operación que acabó con la vida del inspector Óscar Pérez, y analizan, con frialdad metódica, el martirio infligido al capitán Juan Carlos Caguaripano. No por placer —se justifican— sino por "razones de Estado". Esa fórmula que todo lo perdona.

Pero estos espectros han incorporado una lección moderna. Comprenden que en nuestra época la brutalidad explícita resulta contraproducente. Que la opresión debe exhibir un empaque legal, un tono compasivo y ofertas de perdón. Por eso pactan, entre tinieblas, fingir generosidad. De allí surge ese remedo denominado "ley de amnistía": no para redimir almas ni sanar cicatrices, sino para desvirtuar la causa de la resistencia, desorientar a la sociedad y blanquear la imagen de los culpables.

Una moralidad al revés

En este universo moral invertido, los victimarios no solo no se arrepienten: se autodenominan héroes.

La sátira lastima porque refleja con fidelidad la verdad. Venezuela no está poblada por fantasmas del ayer; está aprisionada por prácticas que se resisten a desaparecer. Cambian los actores, los uniformes y los lemas, pero el mecanismo permanece idéntico: reprimir primero, argumentar después y, al final, demandar reconocimiento por una presunta misericordia.

Por eso este relato no trata de apariciones, sino de memoria. Y la memoria —a diferencia de los verdugos— jamás se deja dominar.

Los verdugos son los buenos

Contenido original en https://www.periodistadigital.com/pd-america/20260214/verdugos-son-buenos-noticia-689405181594/

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